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La Matanza de Atienza 2006 |
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Empezamos el día acompañados por
bastantes nubes que se fueron disipando según avanzaba la jornada.
Como el
pasado año, el lugar de la cita era la Plaza de las Ventas. Allí nos
encontramos la mayor parte de los asistentes, algunos con cara de sueño
pero todos con la ilusión de pasar unas horas con personas que comparten
una misma pasión: Alfa Romeo.
Según pasaban los kilómetros, nuevos amigos
se incorporaban a la ruta, y por los walkis se escuchaban comentarios como:
“Deja un hueco a este Alfa, que es de los nuestros”. |
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En la plaza
de Torija, a los pies de su impresionante castillo, hicimos la primera
parada que aprovechamos para reagruparnos, ojear el rutómetro y hacer la
correspondiente foto. Aunque la mayor sorpresa que nos esperaba, fue ver
salir de un 146, al alfista más joven del Club, Víctor, que con tan solo
unos meses de vida y una gran sonrisa, nos alegró el resto de la ruta. |
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La última parada
antes de llegar a nuestro destino, la hicimos en la villa medieval de
Sigüenza.
Aparcamos en la Plaza del Castillo, cuyo nombre hace alusión al
castillo-fortaleza que posee, y que hoy acoge al Parador Nacional de
Turismo.
En su patio interior nos hicimos fotos y el más pequeño aprovechó
para reponer fuerzas. Una vez de vuelta a la plaza, situamos los coches
delante de los muros del castillo, para hacer la tradicional foto de
familia, esta vez al completo.
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Y con un
apetito voraz y ganas de “llenar el depósito”, llegamos a la Real y
Noble Villa de Atienza.
Como bien nos explicó Agus, recibe este título porque sus
habitantes salvaron al rey Alfonso VIII cuando era un niño, de la
persecución a la que le sometía su tío y regente Fernando de León.
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| Después de
refrescarnos con unas cañas, pasamos al comedor. Durante la comida no solamente
se habló de coches, sino de otros temas que hicieron que la camaradería
entre los comensales creciese aún más.
Y tuvimos mucho tiempo porque fueron un
montón de platos, a cada cual mejor, y sobre todo “ligeritos” como
migas, morcilla, chorizo, alubias, setas...
El menú consistía en ir alternando los
fuertes con otros más suaves, pero eso si, algo importante es, entre
plato y plato, tirar de los porrones de “licor de orujillo” para hacer
sitio, que es mucho más digestivo.
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Una
vez más, Juanillo se portó con nosotros de maravilla.
Tanto que nos regaló a todos los
"cocineros" un mandil para que practiquemos en casita.
El alfista más pequeño también se
llevó el suyo... crecedero, eso si.
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El
más peque hizo entrega de la camiseta que ganó "la más pequeña
que vino de más lejos".
¡No todo van a ser inconvenientes por
ser pequeño!
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A media tarde nos esperaba la
tradicional subida al castillo, para bajar la comida, quemar
las calorías cogidas, y una vez arriba subimos a la torre que conserva.
Casi
todos llegamos fatigados
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Se podían
distinguir, con ayuda de Agus, las murallas, algunos torreones, los barrios
de la Judería y el de Puertacaballos, y las iglesias y ermitas que quedan en
pie de las catorce que hubo en su tiempo.
Desde
lo alto y viendo caer el día, se hizo el silencio, y creo que todos
pensamos lo mismo: “Volveré el próximo año”.
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